On Recent Workplace Deaths / Sobre muertes recientes en los lugares de trabajo

The Kentucky candle factory / La fábrica de velas de Kentucky
Credit: JOHN AMIS/AFP VIA GETTY

These past few weeks have been especially deadly for workers. On December 11th, eight workers at a doomed Kentucky candle factory were killed when a tornado tore their workplace apart in moments. Despite blaring tornado warnings, they were threatened with being fired for leaving the factory floor and taking shelter.

On the same day, in Edwardsville, Illinois, six Amazon workers were killed when a tornado caused the roof of the warehouse to collapse. Despite the heartwarming tweets from Amazon executives extending their condolences over the loss of members of the Amazon “family,” they are in no small part to blame for these workers’ deaths.

These events were not natural tragedies. Although humans cannot control natural events, these mass losses of life were made possible by the decision of capitalists to prioritize continued production, and therefore profitability, over the lives of the workers whose labor makes them rich.

At the Kentucky factory, workers were given the all-too familiar choice between possible loss of life and a definite loss of livelihood. At the Edwardsville warehouse, workers were not aware of the coming storm at all, as Amazon deprived them of access to their phones, a policy which had been implemented in order to maximize productivity. Having access to a phone is vital to learn about emergency situations in a timely fashion and prepare accordingly, especially considering that employers like Amazon often make no effort whatsoever to warn workers of their impending doom. This policy is a conscious exchange between the well-being of workers and the profits that flow to the owners of capital.

Against the bosses, who with their crocodile tears, paint these events as inevitable, we plainly assert: every one of these deaths was preventable. These workers would be alive today if not for the fact that the capitalist class treats workers as disposable tools to be worn out and thrown away.

The history of capitalism is strewn with the bodies of workers who have died because they are forced to work in unsafe, crowded, and dangerous conditions so that owners can enjoy the highest profit possible. In 1860, the Pemberton Mill factory in Lawrence, Massachusetts collapsed killing up to 145 workers. The factory owners had used improper construction techniques to save on costs. In New York City in 1911, 146 factory garment workers at the Triangle Shirtwaist Factory were killed after a fire broke out. The factory owners had locked all exists to prevent workers from taking breaks.

The particular methods that the owners employ change according to time and place, the essence remains: they will pursue higher profits by any means necessary, showing no respect for life itself.

Capitalists are focused on their interests and their interests alone. Their kind and comforting words are a facade. The restaurant industry is no exception, as we will see that once again, workers will be forced to bear the brunt of the imminent COVID-19 surge, and will pay for the palaces of the employers with their very lives. As workers we can only rely on each other. These recent events show us that there are only two paths we may take: the path of struggle, organization, and the construction of our union; or the path of powerlessness, injury, and death.

Estas últimas semanas han sido especialmente mortales para los trabajadores. El 11 de diciembre, ocho trabajadores de una fábrica de velas de Kentucky condenada, murieron cuando un tornado destrozó su lugar de trabajo en unos momentos. A pesar de las fuertes advertencias de tornados, fueron amenazados con ser despedidos por abandonar el piso de la fábrica y refugiarse.

El mismo día, en Edwardsville, Illinois, seis trabajadores de Amazon murieron cuando un tornado provocó el colapso del techo del almacén. A pesar de los conmovedores tweets de los ejecutivos de Amazon que expresan sus condolencias por la pérdida de miembros de la “familia” de Amazon, es claro que esos mismos gerentes son en gran parte los culpables de la muerte de estos trabajadores.

Estos eventos no fueron tragedias naturales. Aunque los humanos no pueden controlar los eventos naturales, estas pérdidas masivas de vidas fueron posibles gracias a la decisión de los capitalistas de priorizar la producción continua y, por lo tanto, la rentabilidad, sobre las vidas de los trabajadores cuyo trabajo los enriquece.

En la fábrica de Kentucky, a los trabajadores se les dio la decisión familiar entre una posible pérdida de vida y una pérdida definitiva de sus medios de vida. En el almacén de Edwardsville, los trabajadores no estaban al tanto de la tormenta que se venía, ya que Amazon los privó del acceso a sus teléfonos, una política que se había implementado para maximizar la productividad. Tener acceso a un teléfono es vital para estar atento de las situaciones de emergencia de manera oportuna y prepararse en consecuencia, especialmente teniendo en cuenta que los empleadores como Amazon a menudo no hacen ningún esfuerzo por advertir a los trabajadores de su inminente perdición. Esta política es un intercambio consciente entre el bienestar de los trabajadores y las ganancias que fluyen hacia los propietarios del capital.

Contra los patrones, que con lágrimas de cocodrilo pintan estos hechos como inevitables, afirmamos llanamente: cada una de estas muertes fue prevenible. Estos trabajadores estarían vivos hoy si no fuera por el hecho de que la clase capitalista trata a los trabajadores como herramientas desechables para ser gastadas y desechadas.

La historia del capitalismo está sembrada de cuerpos de trabajadores que han muerto porque se ven obligados a trabajar en condiciones inseguras, hacinadas y peligrosas para que los propietarios puedan disfrutar de las mayores ganancias posibles. En 1860, la fábrica de Pemberton Mill en Lawrence, Massachusetts se derrumbó y mató a 145 trabajadores. Los propietarios de la fábrica habían utilizado técnicas de construcción inadecuadas para ahorrar costos. En la ciudad de Nueva York en 1911, 146 trabajadores de textiles en el Triangle Shirtwaist Factory murieron después de que estalló un incendio. Los dueños de la fábrica habían cerrado con llave todos los escapes para evitar que los trabajadores se tomaran descansos.

Los métodos particulares que emplean los propietarios cambian según el tiempo y el lugar, pero la esencia permanece: buscan mayores ganancias por cualquier medio necesario, sin mostrar respeto hasta por la vida.

Los capitalistas se centran en sus intereses y solo en sus intereses. Sus palabras amables y reconfortantes son una fachada. La industria de restaurantes no es una excepción, ya que veremos que, una vez más, los trabajadores se verán obligados a soportar el peso del inminente aumento de COVID-19 y pagarán los palacios de los empleadores con sus propias vidas.

Como trabajadores, solo podemos confiar los unos en los otros. Estos hechos recientes nos muestran que solo hay dos caminos que podemos tomar: el camino de la lucha, la organización y la construcción de nuestra unión; o el camino de la impotencia, las heridas y la muerte.

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